No me toques los miércoles

Bruno se detiene justo en la puerta de su casa antes de abrir y mira muy serio a Valeria.
—Cariño... No sé cómo decirte esto... verás... -titubea.
—Venga, habla, que ya estoy yo bastante nerviosa por conocer a tus padres como para que te pongas misterioso en plan “Cuarto milenio”.
—Mis padres son más raros que un chino con el pelo rizado -suelta Bruno, finalmente. Cuando Valeria apenas ha podido reaccionar a la información que acaba de recibir, se abre la puerta y una señora con un jersey de koalas y con un peinado ochentero petrificado por la cantidad de laca tira de ella y le planta dos besos.
—Tú debes ser Valentina -dice la mujer mientras le hace un buen escrutinio con la mirada-. Yo soy Angustias, la madre de Bruno.
—Soy Valeria, encantada señora Angustias -saluda Valeria mientras se recoloca la camisa.
—¡Uy! Ahora mismo pongo la calefacción porque con esa faldita que llevas... La mujer se gira y sale a toda velocidad por el pasillo. Bruno sonríe a Valeria y le hace un gesto para que siga a su madre. Cuando por fin llega al salón, se encuentra con un espacio dominado por koalas: koalas en las cortinas, en las vitrinas, en los cuadros de la pared, sobre la mesa... Hasta el teléfono tiene forma de koala.
—A mi madre le gustan mucho los koalas, no sé si lo has notado -comenta Bruno intentando sacar una sonrisa a Valeria que aún no sale de su asombro al ver un espacio tan peculiar.
—Bienvenida, Valeria. Soy Luis, el padre de Bruno.
—¡Ups! No le había visto, me había quedado... mirando lo bonito que tienen ustedes el salón...
—Perdona que no te atienda hasta dentro de un rato guapa, pero empieza Qué tiempo tan feliz -comenta el hombre mirando la televisión y acomodándose en su sillón.
—Papá es muy fan de Mª Teresa Campos... -aclara Bruno.

Una suegra muy... maja


La madre saca la cabeza por la puerta de la cocina y explica:
—Para cenar tenemos hígado de ternera al vino tinto y coliflor con acelgas. Es el plato preferido de mi pequeñín.
Al escuchar el menú, Valeria mira con cara de pánico a Bruno y éste le susurra:
—Tranquila, ya tenía pensado decir que no te encuentras muy bien del estómago y que prefieres algo más ligero.
Ella le mira con cara de alivio y gesticula diciendo ”gracias”. Justo cuando Bruno se dispone a dar un beso a Valeria, oyen desde la cocina:
—Bruno, ¿no piensas venir a ayudarme?
—¡Ya voy, mamá! -exclama Bruno con desgana-¿Te vienes a trocear un poco de hígado?
—La verdad es que casi me apetece más quedarme con la Campos y sus “Súper Singles” y ojeando mi Pinterest, porque Lucía me ha enviado un look que quiero revisar.
—Venga, vente y aprovechas para darle el regalito que has traído a mi madre.
—Pues mira, igual tienes razón.
Valeria sigue a Bruno y entra en la cocina. Su suegra está allí troceando la coliflor y cuando la ve, dice:
—Ah... Viviana...
—Agonías... -dice irónica Valeria.
—Angustias, querida. Me llamo Angustias...
—Y yo Valeria...
—Ejem, ejem, cariñito -interviene Bruno dirigiéndose a Valeria-... Este hígado no se va a trocear solo. Además, tienes algo para mi madre si no me equivoco, ¿verdad?
—Ah, sí... Es cierto -responde Valeria-. He estado buscando el mejor regalo para suegros, para mis nuevos parents in law, y lo que se me ha ocurrido es esto...
Valeria extiende el brazo y le da un sobre de color rosa. Su suegra lo coge sin demasiado entusiasmo, lo abre y lee:
“Vale por un curso para aprender a nadar como una sirena en la Escuela Oficial de Sirenas”
—¡Santos cielos! ¿Cómo sabías que me fascinan las sirenas casi más que los koalas? ¡Eres la mejor nuera del mundo!