No me toques los miércoles

– ¡Oye, me ha encantado la clase! Nunca había hecho Pilates y me ha parecido súper guay.

– Sí, yo ya llevo un par de clases este año. Empecé a finales de enero y la verdad es que me he viciado.

– Pues mira que yo… Había oído a la gente decir que Pilates era genial y tal, pero nunca me imaginé que a mí me iba a gustar. Y te digo una cosa: en la posición esa del suelo pensaba que me rompía la espalda.

– ¡Venga, va! Que aún no eres tan abuela… –Valeria se ríe a carcajadas mientras le responde.

Lucía las mira de reojo pero no comenta nada. Las escucha y sonríe con los comentarios de Teresa.

– ¡Oye! No todas tenemos 21 años y un cuerpo tan perfecto como el tuyo.

– Me llamo Valeria, y no tengo 21 años, tengo 23. Pero gracias por el cumplido de todas formas –le contesta picarona y guiñándole un ojo.

– ¡Ah! ¡Perdone usted, jovencita! Soy Teresa, tengo 35 y dos mocosetes que adoro.

– Encantada entonces, Teresa.

Lo que ha unido el pilates

Siguen hablando y charlando entre ellas; está claro que se han caído bien. Lucía también se ducha y se ríe por lo bajini cuando las escucha con sus bromas y comentarios, sobre todo con los referentes al profesor de spinning, que es muy guapo… Porque ella también lo ha visto y, aunque esta enamoradísima de Pedro (su novio desde hace un año y medio), sabe reconocer cuando un tío está de buen ver.

– Pues a mí este horario me va genial: los miércoles de 19:30 a 20:30, los niños se quedan con su padre y yo me puedo relajar, duchar tranquilamente… Además, necesito un poco de tiempo para mí. Ser Teresa y no la mamá o la mujer de nadie.

– ¡Creo que no te envidio en absoluto!

– Ya te llegará, bonita. Tú ahora luce cuerpo y disfrútalo, hija… Que ya tendrás tiempo, chiquilla.

– Me da una pereza llegar a casa y hacer la cena… Estoy por comprarme un bocadillo aquí en el bar.

– Ah, ¿sí? Si quieres, te acompaño, que me apetece. Chica, me has caído genial y por una noche no tengo que hacer la cena.

– ¿Sí? Venga, va. Vamos.

Lucía las mira pensativa, envidiando la facilidad de palabra que tienen ambas. Suspira pensando que ojalá ella fuera así. Las mira, le miran. – ¿Te vienes?

– ¿Yo?

– Sí, venga, va. Te hemos visto cómo te reías con nosotras. Vente si te apetece. Podrás seguir riéndote de la mami y de la yogurina. ¿Tú de qué lado estás?

– Ja, ja, ja. Yo, ni del uno ni del otro. Estoy entre las dos, tengo 28 y no soy madre, aún...

– Pues andando, que ya somos las tres mosqueteras. ¡Tenemos el equilibrio perfecto!