No me toques los miércoles

— ¡Buenas tardes, Valeria! –saluda efusiva Teresa al ver a Valeria entrando por la puerta del vestuario.
— Hola, Teresa. ¿Cómo vas?
— Pues, mira. Lista y preparada un miércoles más para esforzarme en Pilates y seguir aumentando mi elasticidad, agilidad y destreza de movimientos –explica Teresa mientras hace estiramientos de cuello.
— ¡Uy! ¿Qué has merendado tú? ¿Un sándwich de wikipedia? —pregunta Valeria, divertida.
— Bueno, una ha decidido cuidarse y ha de ser consciente de las disciplinas que practica y por qué razones le son favorables.
— ¡Pero bueno! ¿Se puede saber qué te pasa? Estás hablando como doña Elvira, mi profesora de lengua.
— ¿Tan diferente hablo? –se extraña, con una ligera cara de fastidio–. Es que el otro día fuimos a una reunión del cole de los peques y nos dijeron que los niños son unas esponjas y que cuanto más rico sea nuestro vocabulario, pues más ampliarán el suyo. Así que ya nos ves a Fernando y a mi en casa haciendo unos circunloquios para decir que el papel del váter se ha terminado, que ni Cervantes.
— ¡Mira que sois divertidos! ¿Podría ir de oyente a vuestra casa? Ja, ja, ja –ríe Valeria.
— Oye, ¿dónde está Lucía? –pregunta Teresa.

La cita más desastrosa

— Pues no sé. Es raro que no esté aquí. Ella siempre es muy puntual… Además, necesita sus cinco minutos de reloj para colocarse bien la coleta antes de entrar a clase. Ya sabes.
— ¿Y qué tal con tu chico? ¿Todo sigue de color de rosa? Ya he visto el tablero ese que has hecho en Pinterest de cositas románticas… –dice Teresa, picando a su amiga.
— La verdad es que rosa se queda corto, más bien diría fucsia, ja, ja, ja. Ayer nos reímos mucho porque recordábamos cuando nos conocimos, y lo absurdas que fueron las primeras citas.
— Mejor tener una cita absurda que desastrosa. Si te cuento lo que le pasó a una amiga mía… ¡alucinas pepinillos!
— ¿Esa expresión de quién es? ¿De Calderón de la Barca? Ja, ja. ¡Anda, cuenta, cuenta!
Teresa se recoloca el top y empieza a hablar.

— Pues mi amiga llevaba tiempo tonteando con un chico de su oficina y por fin él dio el paso y la invitó a cenar a casa. Ella se depiló, se arregló bien… y cuando ya estaba de camino le llegó un sms… ¡Sí, en aquella época nos enviábamos sms! —exclama, poniendo los ojos en blanco–. Y era de él, que le decía que si le podía comprar lavavajillas y papel de cocina. También le dijo que antes de subir, pillara algo de comer en el restaurante chino de debajo de su casa. Total… que le hizo la compra, le llevó la cena, que además pagó ella, y para colmo, cuando se fue, le dijo que se bajara la basura. ¿Qué te parece? Yo creo que está en el top 3 de citas desastrosas.
— ¡Guau! Pobrecita tu amiga… ¡Y menudo ejemplar, el tío! Espero que no volviera a quedar nunca más con él.
— No tuvieron más citas, pero se veían cada día en el trabajo. Lo bueno es que al poco tiempo ascendieron a mi amiga y se convirtió en la jefa. ¿Y qué hizo? Le asignó la tarea de hacer la compra semanal para la oficina. Se encargaba de pedir la comida cuando se tenían que quedar de reunión hasta tarde y del reciclaje de la empresa.
— ¡A eso se le llama justicia divina! –suelta Valeria.
— Hablando de divinas… Lucía ha dado señales de vida, ha escrito en el grupo.
— ¿Y?
— Dice que no podrá venir a clase, que está en el hospital y que nos cuenta luego.
— Vaya… Esperemos que no sea nada…
— Supongo que tendremos que esperar para saberlo.