No me toques los miércoles

Lucía extiende la esterilla para la clase de Pilates y se tumba despacio. Teresa, que está a su lado, la mira extrañada.


— ¿Estás bien, Lucía?

— Sí, sí… Estoy un poco mareada, sólo eso.

— ¡Ay! -suspira-. ¿Notas una horrible sensación de angustia y náuseas que te sube y te baja?

— Exacto.

— Pues acuérdate de ella: desearás que vuelva cuando te entren los dolores de parto.

— ¡Teresa! ¡No me digas estas cosas!

— ¡Es broma! Lo del dolor no, eso es verdad, pero también es cierto que cuando le ves la carita se te pasan todos los males… Hasta que te tiran el colacao en la alfombra claro… -dice susurrando.

— ¿De qué habláis? -pregunta Valeria uniéndose y extendiendo su esterilla junto a la de Teresa.

— ¡Eso! -exclama también Leo mientras se acerca a ellas.

— ¡Ya estamos todos! -exclama Teresa-. ¡El equipo “Pilarín”! Ya sabéis, de Pilates… ”Pilarín” … ¿no? -acaba preguntando al ver que el resto la mira un poco mal por la broma tan mala.

— Pues estaremos todos, pero la que parece que no llega es la profesora… -observa Valeria.

— Bueno, pues seguimos un ratito más aquí de palique en las esterillas.

— Tú, Teresa, con tal de no moverte mucho… ja, ja, ja -bromea Lucía.

— Oye, Valeria, cuéntanos. ¿Quedaste con la chica “mechas californianas”? -pregunta Teresa, intentando cambiar de tema.

— ¿Chica “mechas californianas”? -pregunta Leo, como si hablaran en suajili.

Ha nacido una consejera amorosa

— Sí, es que Valeria lleva semanas celosita de una compañera de clase de su chico, y como lleva mechas californianas, la llamamos así -explica Lucía.

— Ah, claro… Es seguramente lo primero en lo que yo me fijo en una chica, en si lleva mechas y esas cosas -ironiza Leo, poniendo cara de no entender nada.

— Pues… quedé con ella con la excusa de la fiesta sorpresa que quiero preparar para el cumple de Bruno, y resultó ser majísima, la verdad -explica con cara de pena.

— ¿Ves? -dice Teresa.

— ¿Pero y esa cara de pena?

— Es que me supo muy mal haberme equivocado tanto con ella. ¡Qué malos son los prejuicios! Resulta que es encantadora, tiene un novio del que está enamoradísima y… ¿la verdad? Las mechas le quedan muy bien, he de reconocerlo. En su caso, obviaremos que son muy de 2013 -explica Valeria.

— ¿Ves? -repite Teresa.

— Sí, Teresa. Veo. Tenías toda la razón.

— Yo también quedé ayer con una chica… pero yo para ligar, vaya, no para mirarle las mechas ni nada de eso -suelta Leo, sorprendiendo a todas.

— Si es que mi hermanito es un heartbreaker… Si siempre lo digo.

— Bueno, tampoco eso, Lucía. Reconozco que no se me da mal ligar, pero la verdad es que después de camelarlas en el cortejo inicial, se me van todas porque no las entiendo… Siempre hago algo que las molesta, o no me acabo de enganchar… no sé.

— Leo, cariño… Yo sé lo que te pasa con las mujeres. Eres un tío casual, inquieto, despreocupado, algo despistado…

— Teresa, me conoces desde hace dos semanas…


Teresa pone el dedo índice en la boca de Leo para que se calle y continúa hablando:


— …y lo que pasa es que es justamente esa despreocupación, ese despiste que llevas encima, desde los ojos de una mujer es percibido como una especie de misterio que te envuelve y que te hace irresistible. Pero esa nebulosa de misterio se esfuma en cuanto les dices casi cada finde que te piras a hacer surf y cuando tardas tres días en responder un whatsapp…

— Pues igual tienes razón…

— Tranquilo, Leo, estás en el sitio adecuado. Yo me encargaré de tu caso desde ahora -dice Teresa.