No me toques los miércoles

— Bueno, Valeria, cuéntanos… ¿Al final dónde metiste al italiano?
— Pues llamé a una amiga y tuvimos suerte porque justo esos días su compi de piso estaba fuera. Así que se instaló allí hasta esta mañana, que lo he llevado al aeropuerto.
— Una settimana d’amore a tutti colori, ¿eh? Pillina... —dice Teresa con tono socarrón.
— Bueno… sí… —responde Valeria sin demasiado entusiasmo.
— Uy… ¿Y esa cara de renacuajo resfriado?
— Bueno… ha estado bien, pero anoche me llamó Bruno y me desmontó un poco porque me dijo que quería verme y hablar.
— Pero a ver… ¿tú con quién quieres estar? —pregunta Lucía.
— Pues… como justo antes de irme a Ibiza, Bruno parecía estar ya con otras movidas, yo fui a mi rollo. Conocí a Andrea, y la verdad es que me gusta mucho, y aunque al principio me puse muy nerviosa al verle aquí sin avisar, en el fondo me pareció algo muy romántico.
— Valeria, no tienes que decidir nada ahora. El italiano ya está en su casa, ¿no? Pues queda con Bruno y a ver qué sientes cuando lo veas.

¿Cigüeña o canguro?

— Hemos quedado este sábado para tomar algo. Ya os contaré cómo va la cosa, chicas.
— ¿Y tú qué Teresa? ¿Algún post-it de esos que alegran el día? —pregunta Lucía.
— Jo, chicas… Cada día me deja uno diferente, cada cuál más hortera, vale. Pero hoy en la reunión ha intervenido varias veces y la verdad es que es un tío interesante y atractivo…
— ¿Y? ¿Qué tiene de malo que te parezca atractivo o interesante? ¡Que estés casada no significa que seas ciega o que vivas en una burbuja! —interviene Valeria.
— Ya… Pero desde que estoy con Fernando jamás me había fijado así en nadie.
— Claro, pero tampoco habías tenido a un tío tan interesado, y tan poeta, todo hay que decirlo, tan pendiente de ti y teniendo estos detalles —dice Lucía.
— Bueno, chicas, no me hagáis caso. Es que cualquier día me dan un Goya de las películas que me monto yo solita.
— ¿Y tú, Lucía? ¿Alguna novedad? —pregunta Valeria, cambiando de tema.
— Pues lo cierto es que sí. Mirad lo que acabo de comprar en el centro —responde Lucía mientras saca despacio un libro bastante grueso de una bolsa y se lo muestra a sus amigas.
— ¿Una guía de Australia?
— ¡Sí! Nos vamos mañana doce días a recorrer Australia… Bueno, lo que nos dé tiempo.
— ¡Qué pasada, Lucía! ¡Yo lo tengo en mi lista de cosas a hacer antes de los treinta! —exclama Valeria.
— Seguro que esto ya te lo ha dicho tu madre, pero… ¿no había un sitio un poquito más cerca al que ir? No sé… a Roma con el italiano de ésta —dice mientras señala a Valeria—… a las islas griegas con sus yogures… a Frankfurt a probar las salchichas… a Bruselas a probar las coles… Vamos… algo así “un poco más recogido” … —interviene Teresa.
— Siempre hay tiempo para ir a sitios más cercanos, y ahora que tenemos quince días libres, pues nos pegamos un buen viaje.
— ¿Y no podías irte a París? Al menos el niño te vendría en cigüeña… ¡Ahora te lo traerá un canguro!