No me toques los miércoles

— Madre mía, Valeria, el móvil te echa fuego. ¿Quién te manda tantos mensajitos? ¿Es Bruno? Le van a nombrar usuario whatsappero del año.
— ¡Uf, Teresa! ¡No te lo vas a creer! —exclama Valeria sentándose a su lado y preparándose para compartir con ella una confidencia.
— ¡Eh, eh! Si hay escuchitas, yo también quiero enterarme! —interviene Lucía, que acaba de llegar.
— ¿Os acordáis de Andrea? Ya sabéis, el italiano que conocí en Ibiza…
— Mira, Valeria. Me acuerdo de éste porque es un poco exótico, pero si sigues aumentando la lista de ligues, tendrás que hacerme un pequeño diagrama con nombres, edades y fechas —dice Teresa muy seria.
— ¡Pues no lo descarto! —responde Valeria en tono de broma—. Pero ahora en serio… Resulta que se me ha plantado sin avisar en la escuela de cocina. A media mañana he ido a por un zumo a la cafetería y allí estaba, sentado en una mesa con un capuccino. ¡Me he quedado loca!
— ¿Y cómo sabía dónde estudias? —pregunta Lucía.
— Yo le dije que estudiaba en la escuela oficial de cocina y supongo que buscó toda la info en la web. Dice que no puede dejar de pensar en mí y que necesitaba verme —añade Valeria, poniendo vocecita sexy.
Chicas hambrientas

— ¡Si es que dejas más huella que Bigfoot! —bromea Lucía.
— ¿Y qué tal? ¿Ya te ha enseñado cómo hace la carbonara? —suelta Teresa.
Valeria mira con cara seria a Teresa aguantándose la risa, y continúa hablando.
— No, chicas, de verdad ¿Qué hago con él? Está esperando en el bar de aquí al lado y quiere que vayamos a cenar cuando salga de clase.
— ¿Y dónde se queda a dormir? —plantea Lucía
— Pues… la verdad es que no se lo he preguntado… No esperará venirse a mi casa, ¿verdad? Porque como me presente en casa con él, mi padre hace con nosotros lasaña de carne. En fin… ahora le preguntaré qué planes tiene…
— ¡Me encanta, Valeria! Tu vida es como la de la prota de una serie, aunque yo no me quedo lejos, ¿eh? Mirad qué notita me ha dejado ése que vosotras decíais que no estaba interesado en mi —dice Teresa mientras saca del neceser un post-it y se lo muestra a sus amigas.
Lucía coge el papelito amarillo y lee: “Si fueras un tarro de dulce miel, no me importaría hacerme diabético contigo”.
— Ja, ja, ja, ja, ja —ríe Valeria—. Lo que es justo, es justo, Teresa. Tenías toda la razón: este tío te quiere aliñar la ensalada, ja, ja, ja, ja.
— ¡Chicas, me está entrando hambre con tanto eufemismo culinario! —la corta Lucía.
— ¿Qué os pensabais? ¿Que este cuerpo sólo lo aprecia mi Fernando? De eso nada… Yo soy como un bocata de jamón ibérico: todo el mundo quiere darle un mordisquito —añade Teresa.
— ¡Y dale con la comida! Estoy por pasar del Pilates e irme al bar con el italianito de Valeria y zamparme un bocata, ja, ja, ja, ja.
— ¡Si es que somos la leche! —grita Valeria.
Las chicas ríen a carcajadas y de repente alguien llama a la puerta del vestuario.
— ¿Valeria? ¿Valeria? La mia bella Valeria…— dice una atractiva y seductora voz italiana.